El sillón del diablo: Primeros capítulos

Prólogo Capítulo 1

 


Prólogo

Valladolid, 9 de noviembre de 1550.

La ciudad dormía tranquila. Sus habitantes habían agotado las horas de Sol y la gran mayoría se encontraban cobijados al seguro resguardo que ofrecían sus hogares. Las estrechas y polvorientas calles se hallaban desérticas, completamente vacías, sumidas en la más insidiosa oscuridad. Tan sólo la tenue luz ocasional de alguna candela, proveniente del interior de una vivienda cualquiera, se atrevía a romper aquella negrura, cediendo, generosa, parte de su resplandor para arrojar un poco de luz al exterior.Esa fría noche de noviembre de mil quinientos cincuenta no parecía ser diferente de las demás, al menos para la gran mayoría de los habitantes de la villa castellana de Valladolid.Arropado por la seguridad que le ofrecían las sombras y escondido tras un oportuno recoveco, un experimentado asaltante aguardaba pacientemente a su víctima, cuchillo en mano, con la intención de robarle la bolsa y quizás, si tenía, algo más.

A pocas calles de aquel lugar, a los pies de la iglesia de Santa María de la Antigua, un pequeño cementerio servía como última morada a quien en vida lo solicitase, sin importar las riquezas del difunto, cosa ésta poco convencional.

Envuelto por la oscuridad que a duras penas lograba disolver con su pequeño candil, un fraile echaba una última palada de tierra sobre la tumba de algún pobre diablo que, por no tener, no tenía ni quien le llorase. Una vez terminó de dar santa sepultura, el monje puso los brazos en jarras y arqueó ligeramente su dolorida espalda hacia atrás. Desde esa postura comprobó satisfecho su obra. Un reducido montículo de negra tierra se presentaba sobre el lugar donde acababa de realizar el enterramiento. Finalizado el trabajo, abandonó el pequeño cementerio siguiendo el tétrico camino marcado, custodiado a ambos lados por las cruces de madera que señalaban el lugar de las tumbas de los difuntos.

Cubrió su cabeza con la capucha del hábito tras abandonar el recinto, lamentándose del frío y, silbando una conocida melodía, se alejó del lugar. A su espalda, las obras de la nueva colegiata renacentista avanzaban tan despacio que tras 27 años de obras apenas dejaban entrever un par de inconclusos muros de blanca piedra en pie, aún cubiertos por los andamios de los obreros.

El religioso paseaba descuidado por las oscuras calles de la villa, pensando en el jugoso plato de garbanzos que le esperaba para cenar, junto a sus hermanos, o en las ganas que tenía de tenderse sobre el duro camastro de su celda. Llegó hasta el puente de las Cabañuelas que atravesaba la maloliente Esgueva y se dispuso a cruzarlo poniendo rumbo, sin saberlo, a su cita con el asaltante que pacientemente aguardaba oculto entre las sombras.

De improviso, un sonido desgarrador terminó abruptamente con el silencio de aquella apacible noche llevándose consigo la paz y la calma, sobresaltando al fraile, inquietando al ladrón y despertando a todo aquel que lo escuchó.

Al mismo tiempo, una veintena de luces se encendieron en el interior de las casas circundantes y alguna que otra cabeza curiosa se dejó ver por las ventanas.

—¿Quién va? —Preguntó una voz malhumorada por haber sido despertada tan de madrugada.

—¡Voto a Dios que nada sé! —Respondió otra voz proveniente de alguna ventana cercana—. ¿Vuestras mercedes saben algo?

—¡Qué voy a saber, pardiez! —se sumó una tercera voz a la conversación—. ¡A fe mía, algún hideputa! ¿Quién si no sería tan osado de sacarnos de la cama a estas horas?

La dueña de tal escandalera era una mujer de avanzada edad ataviada con un viejo vestido que cubría con un mandil que algún día fue blanco, pero que en ese momento, lucía una amplia gama de tonos parduzcos. La mujer se arrastraba por la calle de los Francos entre lastimeros sollozos, cual María penitente, custodiada por cinco alguaciles y sus cinco espadas, que aguardaban en su funda. Dos guardias iban delante, iluminando el camino con la ayuda de sendas antorchas, y otros dos cerraban el séquito. En el centro de la comitiva, el teniente de alguaciles Ricardo Romero escoltaba a la desconsolada mujer.

—¿Aqueste es el lugar? —preguntó el teniente deteniéndose junto a la Esgueva y señalando una casa blanca de dos alturas que se encontraba en la otra orilla.

—¡Ahí es! ¡Ahí es donde vieron entrar a mi zagal hace horas! —dijo la mujer entre hipadas, sin dejar de llorar en momento alguno—. He estado aporreando su puerta sin cuartel. ¡Cientos de veces! ¡Pero el hereje mal nacido que ahí mora no atiende a abrirme! ¡Doy fe de que está adentro! ¡He oído sus gritos! ¡Dios del cielo, he oído su llanto! ¡Ay, mi rapaz!

La comitiva salvó la Esgueva atravesando el puente de las Cabañuelas, cruzándose con un taciturno fraile que, con el hábito manchado de tierra, caminaba despistado. Luego, bordearon la calle hasta detenerse ante la voluminosa puerta de madera de la casa.

Uno de los guardias que portaba una lámpara, se alejó curioseando por el entorno, con andar lento, en busca de alguna pista.

Ricardo, con semblante molesto, se apartó de la mujer y se acercó a la entrada de la vivienda. El frío de la noche le provocaba un desagradable ardor en la cicatriz que le atravesaba media cara, producto de una desafortunada escaramuza, años atrás.

Lo cierto es que no le agradaba tener que trabajar a tan altas horas de la noche y menos aún por el piojoso hijo de una plebeya. “Lo más probable”, pensaba él, “es que el mozo se haya caído tratando de saltar cualquier tapia con la intención de robar algo de fruta. Voto a tal que si lo encontramos será de aqueste modo, inconsciente o tal vez muerto”. El alguacil preferiría estar en su cuarto revolcándose con su mujer, penetrándola en su viejo colchón al tiempo que estrujaba con su enorme manaza uno de sus generosos senos. “Toda aquesta historia me importa una higa. Mejor será que acabemos cuanto antes” pensó colocándose los pantalones con la esperanza de que no se le notase la erección que sus pensamientos acababan de provocarle.

“En cuanto hayamos registrado la casa nos marcharemos”. No esperaba tener éxito alguno pues sabía que en aquel lugar vivía un notable licenciado en medicina al que tenía el gusto de conocer personalmente. Las malas lenguas y la incultura del populo le acusaban de realizar extraños rituales. Los vecinos decían asustados que por las noches se oían aterradores gritos provenientes de su casa. A Ricardo no le cabía la menor duda de que todo aquello era falso, injurias motivadas quizás por el rechazo que a la gente le infundía el origen judío del portugués. Él mismo había tenido ocasión de entablar conversación con el muchacho y se trataba, evidentemente, de un joven muy correcto. Tales actuaciones serían impropias de alguien de su condición.

El teniente de alguaciles se dispuso a llamar a la puerta cuando una voz le alertó:

—¡Presto! ¡Vengan aquí! —gritó el gendarme que había ido a investigar por su cuenta la zona.

—Aguarda vigilando la entrada. Despacharos con todo aquel que trate de abandonar aquesta casa, ¿entendido? —ordenó Ricardo a su subalterno que también portaba una lámpara. Luego se dirigió a la desconsolada madre del niño—. Vuesa merced se quedará aquí. El resto, ¡acompañadme!

Siguieron el origen de la voz, hasta la trasera de la casa, justo en frente de la iglesia de Santa María, cuya construcción fue encargada por el repoblador de la villa, el Conde Ansúrez. Entre ambos edificios, silencioso en su caudal, discurría la Esgueva, curioso éste por ser un río con un nombre en género femenino. Allí el alguacil se había quedado observando, la linterna baja, arrojando sombras sobre el río, tratando de alumbrar en dirección al agua.

—¿Qué visteis, pardiez? —preguntó el teniente de alguaciles.

—Juzgad vos mesmo —fue la escueta respuesta.

Ricardo Romero se acercó al río, pero no vio nada.

—No me jodáis. —repuso cabreado.

—Acercaos, acercaos. —insistió el guardia.

Entonces lo vio: El agua del río se había teñido de rojo bermellón a su paso por aquella casa.

—¡Por Belcebú! ¡Quiero a todo el mundo en la puerta de la casa! ¡Ya! —dijo echándose a correr—. ¡Vamos a entrar!

Cuando se hubieron reunido todos de nuevo en torno a la enorme puerta de madera, el teniente de alguaciles comenzó a aporrearla:

—¡Abran! ¡Abran a la justicia! —se sentía furioso. Se había dejado engañar por aquel mojigato y eso a él no se le hacía.

La puerta se abrió mostrando a un joven imberbe que rondaría la veintena de edad vestido con un largo camisón de lana.

—¿A qué se debe el escándalo? ¿Ocurre algo, alguacil? ¿Por qué me sacáis a aquestas horas de la cama? ¿Acaso habéis vuelto a recibir acusaciones contra mí del párroco? —sonrió maliciosamente.

El teniente no respondió a sus preguntas:

—¿Andrés de Proaza? — quiso confirmar.

—Sabéis perfectamente que soy yo, ¿qué ocurre? —respondió el joven.

Uno de los alguaciles se acercó y le colocó unos grilletes en las muñecas. El muchacho iba a protestar pero no le dio tiempo pues fue rápidamente empujado para dar paso al interior de su morada a los alguaciles. Uno a uno, los guardias fueron entrando en su vivienda, a excepción de uno que se quedó velando de que el joven no huyera y tratando al tiempo de que la histérica madre, que no paraba de llorar y gritar el nombre de su hijo, no entrara en la casa, tarea esta más difícil que la primera.

En el interior, Ricardo Romero halló un pequeño recibidor desde el cual nacía una estrecha escalera de madera que ascendía hasta la planta superior, donde estaban los dormitorios, o descendía hasta el sótano. En la planta baja se encontraban la cocina, de estilo castellano, y el patio. No halló allí el teniente rastro alguno del infante desaparecido.

Dio orden a uno de sus hombres de que subieran al piso superior mientras él inspeccionaba el sótano. Cuando comenzó a descender los peldaños, un fuerte y creciente olor a putrefacción, mezclado con el acre olor de la cera quemada de las velas, le sobrevino.

El sótano se encontraba alumbrado por la tenue luz que arrojaba un candil, dispuesto sobre una vieja consola, lanzando sombras chinescas contra las paredes. Descendió los escalones restantes hasta encontrarse dentro de la estancia y una vez allí lanzó una rápida mirada en derredor. Lo que vio le dejó paralizado. Nada podría haberle preparado para aquello. Ricardo Romero presumía de haberse encontrado con todo tipo de cosas a lo largo de su carrera pero lo que tenía frente a él en aquel oscuro sótano, superaba todo lo que aquel hombre hubiese visto en todos sus años de servicio. Tendido sobre una enorme y vieja mesa de madera, se encontraba el cadáver de un niño de nueve años atado de pies y manos sobre unas argollas metálicas, que habían sido colocadas premeditadamente en los extremos de la mesa, a la altura adecuada. Se trataba sin duda del niño que andaban buscando.

La espantosa mueca de dolor en el rostro del infante, con los ojos muy abiertos al igual que la boca, a la que le habían amputado la lengua, hizo comprender al alguacil que su asesino se había entretenido en diseccionar a su víctima cuando aún se encontraba con vida.

El cerebro de aquel desafortunado muchacho se hallaba al descubierto a través de un agujero practicado en su cabeza con precisión quirúrgica, siguiendo el viejo procedimiento de la trepanación. Su pecho, también abierto, dejaba a la vista todos los órganos vitales que un ser humano precisa para vivir. De este modo, corazón, pulmones o estómago se encontraban a la vista del teniente de alguaciles. “Pobre criatura. Tú ya no los necesitarás más” pensó el consternado alguacil conteniendo una arcada.

Sobre la mesa, totalmente teñidos de rojo por la sangre ya coagulada, del niño, se encontraban perfectamente dispuestos en hilera los instrumentos utilizados para tan atroz tortura, compuestos por un cuchillo, unas tijeras y un alicate.

Volvió la vista a la izquierda de la habitación y se fijó en una polvorienta estantería cuyo contenido resultaba aterrador: dos gatos, un perro, varias ratas y, lo más impresionante, tres cabezas humanas, todo ello perfectamente disecado, expuesto como trofeos sobre la estantería. El deterioro de éstas era tal, que Ricardo comprendió que sería imposible reconocer a sus propietarios.

Un agónico grito sonó a su espalda. Sobresaltado, el teniente de alguaciles se llevó la mano a la empuñadura de su espada, al tiempo que giraba bruscamente. Su cuerpo soltó una repentina descarga de adrenalina con el fin de prepararlo para cualquier confrontación que le obligara a batirse con un posible agresor. Sin embargo no fue necesario. A su espalda se encontró con la madre del niño que había logrado zafarse de su compañero y bajar hasta el sótano.

Ante la horripilante imagen de su hijo, la mujer profirió un chillido propio de un animal herido. Su cerebro se negaba a aceptar lo que sus ojos daban por cierto. Herida en el alma, esa desafortunada madre era incapaz de asimilar que su pequeño se había ido para siempre.

—¡Por el amor de Dios! ¡Saquen de aquí a aquesta mujer! —exclamó forcejeando contra ella, intentando arrastrarla escaleras arriba—. ¡Ayudadme voto a Dios! ¡Tenemos que sacarla!

Cuando logró abandonar aquel sótano, Ricardo se alegró de encontrarse nuevamente en la calle, respirando aire puro y lejos de la espantosa visión de aquel siniestro lugar. Entonces, el teniente de alguaciles depositó su mirada sobre el asesino, el cual permanecía increíblemente tranquilo, sin ofrecer resistencia alguna. Le miró a los ojos y le dijo:

—Tal vez vuesa merced pueda explicarme qué es lo que lleva a un hijodalgo a semejante barbarie.

—Vá para o inferno. —respondió Andrés en un perfecto portugués.

Ricardo apartó su mirada del médico diciendo en alta voz:

—¡Quedáis arrestado por el asesinato de un zagal inocente y de sólo Dios sabe cuántas personas más! — lo miró nuevamente a los ojos y, escupiéndole a la cara, le susurró:— Vive Dios que no dispondréis de cuartel alguno. Me placerá estar en primera fila el día que ardáis en la hoguera.

 

Capítulo 1

Valladolid, 23 de octubre de 2014.

La puerta de la oficina de dirección se abrió bruscamente. En su interior la directora alzó la vista sorprendida. No estaba acostumbrada a que irrumpieran en su despacho tan abruptamente. Se disponía a protestar cuando por ella apareció un fornido hombre vestido de negro y, tras él, un individuo bajito, regordete y parcialmente calvo enfundado en un caro traje que, saltaba a la vista, había sido confeccionado a medida. La directora reconoció enseguida en él a Gregorio Candelas, el concejal de Cultura, Comercio y Turismo del ayuntamiento.Tratando de disimular su sorpresa, lanzó una mirada de soslayo al calendario de escritorio que reposaba sobre la mesa. En él y con tinta roja estaba anunciada, a modo de recordatorio, aquella visita.

“Mierda” pensó, pues lo había olvidado por completo.

—Menudo día más asqueroso. —comenzó Gregorio.

Bárbara, más por educación que por curiosidad, volvió la vista hacia el ventanal que daba al patio. El cielo estaba nublado y llovía ligeramente, pero a ella no le parecía tan tremendo. La lluvia le gustaba. Siempre se le antojó romántica a la par que relajante.

—Sí —concedió ella tratando de dar por cerrado el tema.

Podría haberle rebatido sus argumentos, pero le daba una pereza extrema. Con el concejal trataba de mantener una relación estrictamente profesional. Por su parte, Gregorio no se dio por satisfecho con la respuesta de Bárbara y volvió a la carga con el tema, para fastidio de la mujer.

—Odio la lluvia, ¿sabes? No puedes salir a la calle, al menos, no sin paraguas. Se te moja la ropa, los zapatos se te llenan de barro y luego estás incómodo todo el día. Y eso contando con que el tejido no sufra. Mi modisto dice que no, pero él está deseando confeccionarme trajes, ¡qué me va a decir! —dijo esto último haciendo enormes aspavientos y cogiéndose con las manos la chaqueta negra de estilo americano de su traje—. Y luego están los charcos. ¡Ja! Los charcos…

—Si no te importa, ¿podríamos ir directamente al tema de la reunión? —le interrumpió la directora cansada de aquella conversación vacía.

Estaba segura de que su interlocutor no había acudido hasta allí para hablar del tiempo, y empezaba a sentir una enorme aprensión por saber qué tenía que decirle. “Nada bueno, seguro” vaticinó. Aun así, enseguida comprendió que había sido un poco arisca con él y se sintió mal por ello, por lo que se apresuró a suavizar sus palabras:

—Quiero decir, que considero que tu tiempo es muy valioso. Y seguro que tienes algo muy importante que contarme. ¿No será mejor que vayamos al grano?

—Sí, sí, claro. Al grano. —concedió tomándose unos segundos de reflexión, como tratando de recordar el principio de un guion bien ensayado. Finalmente, tras tomar asiento exclamó— Bárbara, esto se hunde. He estado analizando las cuentas del museo. Hay demasiados gastos: mantenimiento, personal… Los ingresos son insuficientes para que se mantenga por sí mismo y con los recortes en cultura que nos ha impuesto la Junta, no creo que podamos contar con los fondos necesarios para mantener abierto el museo mucho tiempo. Sé que es una faena, pero es lo que hay. Ya lo siento, de verdad.

“¿Faena? ¡Es una putada! Que digo putada, ¡Un putadón!” A Bárbara le hubiese gustado espetarle lo que pensaba, pero se obligó a contenerse y tomó aire antes de hablar. Era consciente de que en aquellos momentos, tener tacto era crucial. Le costaba horrores disimular la repugnancia que le provocaba ese gordo baboso, como solía referirse a él. Cada vez que hacía acto de presencia en su despacho, era para anunciar alguna terrible noticia, y esta vez, como se temía, no era ninguna excepción.

Desde su última visita, seis meses atrás, el museo venía lidiando con un importante recorte presupuestario que le obligaba a mantener cerradas algunas salas al público por falta de personal. Y ahora esto. No pensaba consentir que aquel politicucho del tres al cuarto viniera a amenazarla con cerrar el museo al que tantos esfuerzos había dedicado. “Más que Concejal de Cultura” pensó “debería hacerse llamar Concejal de Incultura”. Sin embargo, cuando habló lo hizo de modo pausado y calmado, dejando de lado todos sus prejuicios contra Gregorio:

—No nos pongamos tremendistas. Seguro que algo se podrá hacer. No sé… así, a priori, se me ocurre que podríamos subir un poco los precios de las entradas, que llevan años congelados. O empezar a cobrar los domingos, o incluso hacer que los estudiantes paguen, aunque sea algo simbólico. Por ejemplo, podrían pagar la mitad por entrar, que siempre será mejor para nosotros a que sigan entrando gratis.

El político sacudió la cabeza negativamente:

—Todas esas propuestas se han probado en otros museos antes que en éste y sólo han acelerado su caída. Bárbara, necesitamos algo gordo.

—Algo gordo —repitió ella reflexiva. “¿Tan gordo como tú?” pensó divertida y no pudo contener una pequeña sonrisa traviesa.

Se levantó bruscamente echando hacia atrás ruidosamente la silla y al tiempo que estiraba su falda se dirigió hacia una de las estanterías, repletas todas ellas de viejos archivadores. Rebuscó durante unos segundos —que al concejal se le antojaron eternos— hasta dar con una carpeta de la que extrajo una serie de viejos y arrugados papeles. El político pudo ver la cara de satisfacción de la funcionaria cuando halló los documentos. Con ellos en la mano, Bárbara volvió a sentarse en su silla, tras su vieja mesa de caoba y tras tomar la calculadora que reposaba sobre ésta, comenzó a aporrear las teclas. Reparó en la cara de perplejidad de su superior.

—Dame un segundo y te lo explico todo —prometió sin borrar de su rostro la sonrisa de complacencia.

Aburrido, el concejal lanzó una mirada en derredor. El despacho, que él ya conocía por sus anteriores visitas, tenía forma cuadrangular y no era demasiado grande. Las paredes estaban forradas con estanterías, repletas a su vez de toda suerte de libros, carpetas y documentos. El único mobiliario, aparte de las estanterías, era la mesa de caoba y un par de sillas, una a cada extremo de la misma. Un descolorido cuadro con el retrato de los reyes eméritos de España, Juan Carlos I y Sofía, esperaba colgado sobre la puerta sabedor de que tan pronto como llegara el nuevo cuadro con los recién proclamados reyes acabaría apilado en algún trastero del edificio. Y en la punta opuesta, una ventana de aluminio ofrecía vistas al patio interior del palacio de Fabio Nelli, una de las joyas renacentistas de la ciudad en donde se alojaba el museo provincial de Valladolid. Como siempre solía explicar Bárbara cuando contaba la historia del museo, el propio Fabio Nelli de Espinosa, un famoso banquero de origen italiano que vivió a caballo entre los siglos dieciséis y diecisiete, encargó la construcción de este magnífico edificio al arquitecto Juan de la Lastra.

Cuatro siglos después de su conclusión, aquel edificio iba a verse involucrado en un acontecimiento con una trascendencia mucho mayor de la que Gregorio o Bárbara eran capaces de imaginar en aquel momento.

Cansado de fisgonear la habitación y movido por la curiosidad de lo que aquella mujer estaba tramando, Gregorio se puso a observarla expectante, deseoso de alguna aclaración de lo que estaba ocurriendo. Como ésta no llegaba, se sorprendió a sí mismo examinando a la directora. “Es curioso” pensó, “la conozco desde hace casi un lustro y jamás me había parado a mirarla detenidamente”. Bárbara era una mujer hermosa, de figura esbelta y rostro infantil. A sus treinta y cinco años había sabido mantener en su cara esa dulce expresión de niña buena que tanto enamoraba a los hombres. Su pelo largo, castaño y liso, caía en cascada por encima de su impecable blusa blanca, llegándole casi hasta la cintura. Un poco más abajo, una falda marrón marcaba con precisión unas bien formadas caderas. Por debajo de esta asomaban unas largas y estilizadas piernas, capaces de hacer perder el sentido a todo aquel que se atreviese a mirarlas.

—¡Lo tengo! —anunció Bárbara volviéndose repentinamente y sorprendiendo al concejal devorándola con los ojos. “¡Qué repugnante!” observó ella asqueada “¡Me estaba mirando las tetas!”.

—Estoy impaciente por ver qué es eso que tienes —sentenció Gregorio.

—Verás, —prosiguió la directora tratando de quitarse de la cabeza la mirada lasciva del concejal— como tú bien has dicho, necesitamos algo grande. Así que me he puesto a pensar y he recordado esto.

Bárbara le tendió un antiguo documento, compuesto por varios folios unidos por un oxidado clip. El concejal lo tomó con ambas manos pero al ver que estaba escrito con letra pequeña tuvo que recurrir a las gafas de lectura que llevaba en su chaqueta.

—Es el documento fundacional —aclaró ella observando cómo el político rebuscaba en el bolsillo de su americana en busca de sus lentes—. En él se han ido recogiendo todos los sucesos importantes por los que ha pasado este museo. Si leemos el documento, nos llaman la atención tres hechos sobre todos los demás: La fundación del museo en 1875 bajo el nombre de Galería Arqueológica, el traslado a nuestra actual sede, aquí en el palacio de Fabio Nelli en 1968, y finalmente, la cesión de la gestión a la comunidad autónoma y su posterior cambio de nombre a Museo de Valladolid en 1987.

—No entiendo para qué nos puede servir todo esto —reconoció el político impacientándose.

—¡Espera y verás! He comprobado esas tres fechas: 1875, 1968, 1987. Si lo restamos del año en curso obtenemos los años que han pasado desde entonces: 139, 46 y 27. Como verás en cuatro años se celebra medio siglo desde que estamos en este palacio, y esa es una fecha bastante redonda para organizar cualquier celebración. Pero para eso faltan cuatro años, luego, no nos sirve. Necesitamos algo urgente… algo que podamos usar ya. ¿Pero qué? Ahora nos fijamos en esta otra fecha: 1875. En unos meses entraremos en el 2015 y habrán pasado 140 años desde la creación de nuestro museo y eso constituye una cifra casi perfecta: Lejana, redonda y representativa. A nadie le extrañará que queramos celebrarlo. Un acontecimiento así merece una celebración por todo lo alto. Ahora sólo falta decidir cómo.

Bárbara observó a su interlocutor. Su rostro mostraba entusiasmo. “Parece que le tengo donde quería” concluyó.

—¡Una fiesta! ¡Aquí, en el museo! —exclamó Gregorio—. ¡Lo estoy viendo! Llenaremos el patio de mesas con comida. ¡Nada de baratijas! Será un catering en toda regla. Y a todos los invitados les haremos una visita guiada por el museo, para que observen las posibilidades que este lugar ofrece.

—Pero, ¿a quién podríamos invitar? —preguntó la directora, que pese a ser la autora de la idea no tenía del todo claro a qué público iría dirigida.

—A las grandes personalidades políticas del país, por supuesto: Al presidente de la Junta, al ministro de Cultura, ¡Incluso podríamos ofrecérselo al presidente de Gobierno! y desde luego a la prensa. Ellos se encargarán de dar al museo el bombo que necesitamos. ¡Bárbara, has tenido una idea brillante!

La directora se sentía halagada. No sólo había logrado la difícil tarea de conseguir convencer al desalmado concejal de que el museo valía la pena, sino que además había aportado una idea que se llevaría a cabo sin reparar en gastos. “¡Voy a salvar el museo!” pensó emocionada. “¡Y haré lo que sea necesario para conseguirlo!”.

 


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